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Una importante fábrica, ubicada entre Rojas y Rafael Obligado, que procesaba la paja de lino, llegó a ocupar trescientas personas y solo tuvo ocho meses de actividad.

1908/1914

FÁBRICA DE ESTOPA

Escribe: Irma Oger
irmao@clyfer.com.ar

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

Sobre el camino viejo a Rafael Obligado, a unos centenares de metros del lugar donde, en 1777 se erigió el Fuerte de la Horqueta, se erguía hasta hace pocos años e una esquina del campo donde el camino se cruza con uno de chacras que por un lado lleva a la Ruta 188 y por el otro al Saladillo de la Vuelta, a muy corta distancia de su unión con el Río Rojas.

Esa desaparecida construcción le dio, por años y hasta hoy, su nombre al paraje: “la Fábrica”.
No son muchos los que saben el origen del nombre. Menos aún – en realidad muy pocos- los que conocen la historia de lo que, desde casi los albores del siglo, pudo ser el pivote de una transformación socioeconómica de Rojas de incalculables efectos potenciales.

Alrededor de 1908 –en esa época más o menos estaban construyendo el Hospital Saturnino E. Unzué- la firma italiana Crespi, Bonnacosa y Cía., poseedora de varias fábricas textiles en la península se vincula a Rojas (no sabemos exactamente mediante que cauces) e instala en el lugar referido un establecimiento industrializador de la paja de lino.

Las dependencias comprendían tres galpones en los que estaban ubicadas dos calderas, un motor para producción de energía de 1800 caballos de fuerza; maquinarias para realizar el proceso industrial, depósito de agua, canales purificadores, etc. y la casa, que se mantuvo por muchas décadas en pié donde residía uno de los encargados, el Sr. Gilardone y su familia quien, junto con Luis Alaba y con el Sr. Lynch tenían la responsabilidad del establecimiento.

Había una gran balanza donde se pesaban los fardos de lino con carro y todo. Para que no le faltara nada también tenía una alta chimenea y un pito que tocaba al empezar cada hornada. Un desvío del F.C. Central Argentino permitía embarcar la mercadería en el la misma fábrica.

Solía verse una larga hilera de carros tirados por caballos o por bueyes esperando descargar la paja de lino, que se pagaba a 14 pesos la tonelada. Algunos venían de partidos limítrofes.

Los proyectos de la firma propietaria eran de gran envergadura: se iba a instalar allí una hilandería para fabricar telas. Se implementaría un medio de transporte para trasladar a los operarios –una especie de tranvía- que, accionado por los motores de la fábrica, uniría a esta con la plaza San Martín. Hasta se había pensado en lotear los terrenos cercanos para viviendas de los trabajadores. Por de pronto, en la esquina de enfrente se levantó un almacén.

Pero… la fábrica trabajó intensamente. Llegó a ocupar 300 personas en tres turnos. Pero por solamente… ¡ocho meses! No hemos podido saber qué causas hicieron fracasar tan ambicioso proyecto…

Las maquinarias destinadas a la futura hilandería estaban embaladas en el puerto de Hamburgo. El estallido de la guerra en 1914 postergó definitivamente su embarque. Una quesería de Rafaela, Santa Fe, compró la caldera. Los galpones y el resto de las maquinarias fueron adquiridas por industriales brasileños.

La gente de Rojas, huérfana de oportunidades laborales fuera de juntar maíz o alguna changa en el trigo, no se resignaba a ver morir su sueño. Muchos atisbaban ansiosos hacia el sur a ver si la chimenea de su fábrica volvía a humear.

Deshabitada – salvo ocasionales huéspedes- la vieja casa conservaba empero cierta gallardía, recóndito orgullo de pionera industrial.

Al trasponer el alambrado que rodea el predio, uno se encontraba, con sorpresa, porque no se veían desde la calle, con que empotradas bajo nivel, con alguna planta silvestre surgiendo entre la mampostería, están las ruinas de la fábrica. Aquellos muros que levantara don Dionisio La Río. El depósito de agua, los canales purificadores, parte de la cañería, el basamento de los motores y de la escarda donde la paja de lino surgía en hilo, el canal por donde el material residual volvía a la caldera, la hondonada donde ésta estuviera emplazada. Visitarla hoy es una excursión al pasado y a la nostalgia. Vale la pena.

Irma Oger
Enero de 2010

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© CiudadRojas, enero de 2010.