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Historias de Rojas
1926
AQUELLOS CARNAVALES...
Por Maruja Olivencia
Marujitaolivencia@yahoo.com.ar
(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)
El corso se hacía generalmente en Avenida de Mayo. En 1926 yo tenía
7 años, pero lo recuerdo como si fuera hoy. El rumor de los cascabeles
y campanitas con que adornaban los caballos, los vehículos, todos coches
de plaza, breaks, sulkys, grandes chatas de campo, ya que autos y camiones representaban
la novedad pero eran escasos.
El corso comenzaba frente a la estación del ferrocarril Central Argentino
y terminaba en la calle Lavalle.
Se armaban varios palcos de madera a la altura del Centro Español, la Iglesia
y la plaza San Martín. Allí se situaban las autoridades del corso.
A las 21 horas comenzaba la fiesta que se extendía hasta medianoche.
Cuando lo evoco, creo aspirar todavía el perfume de los pomos
de agua “Bellas Porteñas” que olían a rosas, como
también el olor de los caballos que nerviosos con los sonidos de cornetas,
pitos y matracas, sacudían sus cabezas, escarbaban con sus patas delanteras
y resoplaban por sus narices como si fuera un estornudo.
Pero lo más tradicional y único en la zona era la comparsa de los
“Espejitos”. Estaba compuesta sólo por hombres con trajes iguales,
pero cada uno de un color diferente. Eran mamelucos de tela de algodón
estampado de flores multicolores; en los costados de los pantalones, de las mangas
y de los gorros brillaba una hilera de cascabeles del tamaño de una nuez.
Diseminados por todo su traje, brillaban cientos
de espejitos que emitían infinitos brillos reflejando las luces del
corso. Cubrían los rostros con caretas ovaladas de alambre tejido muy fino,
lo que permitía que respiraran sin dificultad y pintaban sobre ellas ojos,
nariz y boca. Pero lo más llamativo y deslumbrante era esa especie de gorro
o tocado que llevaban en la cabeza que podían llegar a 1.50m, realizados
en alambre de cobre en el cual se enhebraban perlas plateadas o doradas y que
representaban formas diferentes como molinos, coches, casas. De la punta de estos
enormes tocados, colgaban cintas de papel crepe de varios colores. En una mano
llevaban una especie de rebenque o fusta y en la otra un cencerro que hacían
sonar en forma permanente. A mi me intimidaba su presencia, pero igualmente los
seguíamos con nuestros amigos de la cuadra totalmente embelesados. Les
escuchábamos hablar, dirigirse a nosotros sin siquiera mover la boca! El
disfraz era cuidadosamente guardado y “custodiado” por las familias,
aún las más humildes, hasta el próximo carnaval.
Esto lo cuento para que no muera el recuerdo de una tradición popular que
solamente existió en Rojas, y que se perdió lamentablemente como
tantas otras.
Maruja Olivencia
Rojas, septiembre de 2010.
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